30-3-2012
EDITORIAL
Se informó ayer de un hecho horrendo: al cabo de tres semanas de agonía, un joven chileno falleció como consecuencia de una golpiza que le propinaron integrantes de un grupo neonazi, en razón de su condición de homosexual.
Ha dicho Eduardo Galeano: “El siglo XX, que nació anunciando ‘paz y justicia’, murió bañado en sangre y dejó un mundo más injusto que el que había encontrado; el siglo XXI, que también nació anunciando ‘paz y justicia’, está siguiendo los pasos del siglo anterior”.
Esta amarga reflexión del distinguido intelectual compatriota está referida, fundamentalmente, a la realidad política, social y económica global; esto es, a un mundo esencialmente injusto en el que se profundiza la brecha entre ricos (cada vez más ricos y menos numerosos) y pobres (cada vez más numerosos y más pobres), y que no ha sabido dirimir los conflictos –internos o internacionales, políticos, económicos, culturales o religiosos– por otro medio que la violencia, bélica, brutal, desembozada, o sinuosa y sutil.
A pesar de ciertos logros, de ciertos avances de la civilización, muchas prácticas basadas en preceptos religiosos bárbaros e inhumanos siguen teniendo vigencia en algunas comunidades. La ablación del clítoris, la lapidación de adúlteras, entre otras, siguen practicándose en no pocos países.
Pero haciendo abstracción de estos extremos repugnantes, en el mundo occidental –de cuya civilización racional y supuestamente humanista muchos se enorgullecen– sobreviven resabios de tiempos de oscurantismo. La discriminación, el rechazo al “diferente”, el racismo, la xenofobia, están presentes como pautas latentes en la mentalidad media predominante en nuestras sociedades.
Ante esta realidad, se oyen exhortaciones a la tolerancia. Sin embargo, más apropiado sería hablar de ‘respeto’ ya que el concepto de tolerancia implica sufrir, llevar con paciencia, soportar, aguantar. Respetar, en cambio, refiere más bien a tener miramiento hacia el otro, a aceptar un punto de vista o una creencia diferente de la nuestra.
Los uruguayos, mayoritariamente, seguimos rechazando la diversidad y particularmente la diversidad sexual, esto es, las opciones individuales para vivir la sexualidad. Los varones y mujeres homosexuales, los bisexuales, los transexuales, difícilmente son aceptados y respetados por la sociedad. Este rechazo tiene su origen, principalmente, en cuestiones religiosas y en una prédica medieval de la Iglesia Católica que se mantiene intacta luego de dos milenios. Desde Sodoma y Gomorra, desde las anatemas contra Onán y contra la fornicación, la cultura judeo-cristiana nos ha impuesto prejuicios muy difíciles de erradicar. Y lo peor es que esa concepción retrógrada del sexo no solo se mantiene intacta sino que es reivindicada y reafirmada por las autoridades eclesiásticas hoy en día: la homosexualidad es una “desviación” o una enfermedad que la iglesia condena al igual que la contracepción o la interrupción voluntaria del embarazo.
La acción de estos neonazis chilenos, imbuidos de la ideología de la barbarie, nada tiene que ver con la iglesia, bueno es aclararlo. Pero la experiencia demuestra que todo lo que se ha legislado desde hace ya un buen tiempo en pos de combatir la discriminación y de promover los derechos de los “diferentes” no es suficiente para erradicar los prejuicios que aún se mantienen al respecto.
La barbarie homofóbica
30/Mar/2012
La República, Editorial